domingo, 11 de octubre de 2020

Noam Chomsky

 ¿Quién domina el mundo?  

Imagen: New Statesman


Cuando preguntamos “¿Quién gobierna el mundo?” normalmente asumimos la convención general de que los actores de los asuntos internacionales son los estados, principalmente las grandes potencias, y valoramos sus decisiones y las relaciones entre ellos. No es una consideración errónea. Sin embargo, haríamos bien en no olvidar que este grado de abstracción también puede ser sumamente engañoso.


Los Estados, obviamente, poseen unas estructuras internas complejas, y las opciones y decisiones que toman los responsables políticos están muy influenciadas por la acumulación interna de poder, mientras que la población en general a menudo queda marginada. Esto sucede incluso en las sociedades más democráticas, y obviamente en las demás. No podemos obtener una imagen realista de quién gobierna el mundo si ignoramos a los “amos de la humanidad” como los llamó Adam Smith: en su época, los comerciantes y fabricantes de Inglaterra; en la nuestra, los conglomerados de empresas multinacionales, las grandes instituciones financieras, los imperios comerciales y similares. Continuando con Smith, es conveniente asimismo prestar atención a “la vil máxima” a la que se entregan los “amos de la humanidad”: “Todo para nosotros y nada para los demás” —doctrina, por otra parte, conocida como una lucha de clases encarnizada e incesante, a menudo desigual, muy perjudicial para los ciudadanos del país de origen y del mundo.


En el orden mundial contemporáneo, las instituciones de los amos detentan un enorme poder, no solo en el ámbito internacional, sino también dentro de sus propios Estados, de los que dependen para conservar su poder y obtener apoyo económico a través de una gran variedad de medios. Cuando examinamos el papel que desempeñan los amos de la humanidad, nos encontramos con las prioridades de las políticas estatales del momento, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés), uno de los acuerdos que defienden los derechos de los inversores, erróneamente calificados como “acuerdos de libre comercio” en la propaganda y en las crónicas. Estos acuerdos se están negociando en secreto, aparte de los cientos de abogados corporativos y grupos de presión que están redactando los detalles cruciales. La intención es aprobarlos al estilo estalinista, recurriendo a procedimientos de vía rápida diseñados para bloquear cualquier debate y permitir únicamente optar por el sí o el no (por lo tanto, sí). Los autores de las propuestas suelen triunfar, como es de esperar. La gente queda en segundo plano, con las consecuencias que cabe prever.



La segunda superpotencia

Los programas neoliberales de la generación anterior han concentrado la riqueza y el poder en muchas menos manos, minando la democracia efectiva; sin embargo, también han suscitado oposición, especialmente en Latinoamérica, aunque también en los centros del poder mundial. La Unión Europea (UE), uno de los avances más prometedores del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se ha tambaleado a causa del nocivo efecto de la austeridad durante la recesión, condenada incluso por los economistas del Fondo Monetario Internacional (si bien no por los actores políticos del FMI). La democracia ha sido socavada cuando la toma de decisiones se ha trasladado a la burocracia de Bruselas, con los bancos del norte proyectando su sombra sobre sus reuniones.


Los partidos tradicionales rápidamente han ido perdiendo miembros por la derecha y por la izquierda. El director ejecutivo de EuropaNova, grupo de investigación con base en París, atribuye el desencanto general a “un clima de impotencia y enfado al ver cómo el poder real para moldear la coyuntura ha pasado en buena parte de los líderes políticos nacionales [que, al menos en principio, están sujetos a las políticas democráticas] al mercado, las instituciones de la Unión Europea y las corporaciones”, de un modo bastante acorde con la doctrina neoliberal. En Estados Unidos se están desarrollando procesos muy similares, por razones en cierto modo parecidas, una cuestión relevante y motivo de preocupación no solo para el propio país sino, a causa del poder de EE. UU., para el mundo.


La creciente oposición al asalto neoliberal subraya otro aspecto crucial de la convención general: deja de lado a los ciudadanos, que se niegan a aceptar el papel de “espectadores” (en vez del de “participantes”) que les asigna la teoría democrática liberal. Esta desobediencia siempre ha sido motivo de preocupación para las clases dominantes. Si nos ceñimos a la historia norteamericana, George Washington veía a la gente común que integraba las milicias que estaban bajo su mando como “personas excesivamente sucias y desagradables [que evidenciaban] una inexplicable estupidez entre su clase más baja”.


En "Políticas Violentas", su magistral repaso de las insurgencias desde “la insurgencia norteamericana” hasta las contemporáneas en Afganistán e Iraq, William Polk concluye que el general Washington “estaba tan deseoso de dejar al margen [a los combatientes que despreciaba] que estuvo a punto de perder la Revolución”. De hecho, “podría haberlo hecho” si Francia no hubiera intervenido de forma masiva para “salvar la Revolución”, que hasta entonces había sido ganada por las guerrillas —que ahora llamaríamos “terroristas”— mientras el ejército al estilo británico de Washington “era derrotado una vez tras otra y casi pierde la guerra”.


Una característica común de las insurgencias victoriosas, recoge Polk, es que, una vez que se disuelve el apoyo popular tras el triunfo, los líderes suprimen a la “gente sucia y desagradable” que realmente ha ganado la guerra con tácticas de guerrilla y terror, por miedo a que cuestionen los privilegios de clase. El desprecio de las élites hacia “las clases más bajas” ha adoptado varias formas a lo largo de los años. Últimamente, una expresión de este desprecio es la llamada a la pasividad y obediencia (“moderación en democracia”) por parte de los internacionalistas liberales que reaccionan ante los peligrosos efectos democratizadores de los movimientos populares de la década de 1960.


En ocasiones los Estados realmente escogen seguir la opinión pública, lo cual produce mucha ira en los centros de poder. Un caso extremo tuvo lugar en 2003, cuando la administración de Bush invitó a Turquía a que se uniera a su invasión de Iraq. El noventa y cinco por ciento de los turcos se opusieron a dicha actuación y, para asombro y horror de Washington, el gobierno de Turquía acató su opinión. Turquía fue vehementemente condenada por alejarse de este comportamiento responsable. El subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, designado por la prensa como el “idealista en jefe” de la administración, reprendió a las fuerzas armadas turcas por permitir dicha infracción del gobierno y solicitó una disculpa. Impasibles ante estas muestras, e infinidad de otras, de nuestra legendaria “ansia de democracia”, los comentarios respetables continuaban alabando al presidente George W. Bush por su dedicación a la “promoción de la democracia”, o a veces le criticaban por su ingenuidad al creer que un poder exterior podía imponer sus ansias de democracia a otros.


La ciudadanía turca no estaba sola. La oposición mundial a la agresión de EE. UU.-Reino Unido era abrumadora. El apoyo a los planes de guerra de Washington apenas alcanzaban el 10% en prácticamente todas partes, según las encuestas internacionales. La oposición desencadenó enormes protestas en todo el mundo, también en los Estados Unidos, probablemente era la primera vez en la historia que se protestaba enérgicamente contra una agresión imperial incluso antes de que se iniciara oficialmente. En la portada del New York Times, el periodista Patrick Tyler señalaba que “puede que aún queden dos superpoderes en el planeta: los Estados Unidos y la opinión pública mundial”.


La protesta, sin precedentes en los Estados Unidos, fue una manifestación de la oposición a la agresión que empezó décadas atrás con la condena a las guerras de EE. UU. en Indochina, que alcanzaron gran magnitud e influencia, aunque fuera demasiado tarde. En 1967, cuando el movimiento en contra de la guerra se estaba convirtiendo en una fuerza importante, el historiador militar y especialista en Vietnam Bernard Fall advirtió de que “Vietnam como entidad histórica y cultural… esta amenazado de extinción … [ya que] el campo se muere literalmente bajo los embates de la maquinaria militar más grande que jamás se haya lanzado en una zona de ese tamaño”.


Sin embargo, el movimiento antimilitarista devino una fuerza que no podía ignorarse. Tampoco podía ignorarse cuando Ronald Reagan asumió su cargo decidido a lanzar un ataque en Centroamérica. Su gestión imitó fielmente los pasos que John F. Kennedy había dado 20 años antes cuando inició la guerra contra Vietnam del Sur, pero tuvo que dar marcha atrás a causa de la fuertes protestas públicas que no habían tenido lugar a comienzos de la década de 1960. El ataque fue suficientemente horrible. Las víctimas todavía no se han recuperado. Sin embargo, lo que ocurrió en Vietnam del Sur y después en toda Indochina, donde “el segundo superpoder” no impuso sus impedimentos hasta bien iniciado el conflicto, fue incomparablemente peor.


A menudo se argumenta que la enorme oposición pública a la invasión de Iraq no tuvo ningún efecto. Me parece una idea incorrecta. De nuevo, la invasión fue suficientemente horrorosa, y sus consecuencias absolutamente grotescas. No obstante, podría haber sido mucho peor. El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el resto de los altos funcionarios de Bush no habrían podido siquiera plantearse la posibilidad de aplicar el tipo de medidas que el presidente Kennedy y el presidente Lyndon Johnson adoptaron 40 años antes sin apenas protestas.


El poder de Occidente bajo presión

Habría mucho más que añadir, por supuesto, acerca de los factores que determinan la política estatal y que se dejan de lado cuando adoptamos la convención general de que los Estados son los actores en los asuntos internacionales. Sin embargo, con unas salvedades tan poco triviales como estas, de todas maneras, vamos a admitir la convención, al menos como una primera aproximación a la realidad. De este modo, la pregunta de quién gobierna el mundo nos llevan inmediatamente a otras preocupaciones como el ascenso al poder de China y cómo pone en entredicho a Estados Unidos y “el orden mundial”, la nueva guerra fría que se cuece en Europa del Este, la Guerra Mundial contra el Terrorismo, la hegemonía estadounidense y el declive estadounidense, y una serie de consideraciones análogas.


Los retos que afronta el poder occidental a comienzos de 2016 los resume de una forma muy útil Gideon Rachman, columnista jefe de política exterior del Financial Times londinense. Empieza repasando la imagen occidental del orden mundial: “Desde el final de la Guerra Fría, el abrumador poder de las fuerzas armadas de EE. UU. ha sido la realidad central de la política internacional”. Esto es especialmente crucial en tres regiones: Asia Oriental, donde “la armada de los EE. UU. se ha acostumbrado a tratar el Pacífico como un ‘lago estadounidense’”; Europa, donde la OTAN —es decir, Estados Unidos, que “representa unas asombrosas tres cuartas partes del gasto militar de la OTAN”— “garantiza la integridad territorial de sus estados miembros”; y Oriente Medio, donde las gigantescas bases navales y aéreas de EE. UU. “existen para asegurar las alianzas e intimidar a los rivales”. 


El problema del orden mundial hoy, continúa Rachman, es que “estos sistemas de seguridad actualmente se encuentran en entredicho en las tres regiones” debido a la intervención de Rusia en Ucrania y Siria, y a que China está haciendo que sus mares cercanos pasen de ser un lago estadounidense a unas “aguas claramente controvertidas”. La cuestión fundamental de las relaciones internacionales es, de este modo, si Estados Unidos debería “aceptar que otras potencias importantes tengan algún tipo de zona de influencia en sus vecinos”. Rachman cree que debería hacerlo, por razones de “dispersión del poder económico en el mundo —combinado con simple sentido común”.


Hay, sin duda, formas de mirar el mundo desde distintos puntos de vista. Sin embargo, vamos a centrarnos en estas tres regiones, ciertamente de vital importancia.


Los retos actuales: Asia Oriental

Empezando por “el lago estadounidense”, algunas cejas podrían levantarse ante el informe de mediados de diciembre de 2015 que afirmaba que “un bombardero B-52 estadounidense en misión rutinaria sobre el mar de la China Meridional voló de forma no intencionada a menos de dos millas náuticas de una isla artificial construida por China, dijeron altos funcionarios de defensa, agravando una cuestión de gran controversia entre Washington y Pekín”. Aquellas personas familiarizadas con la siniestra historia de los 70 años de la era de las armas nucleares serán perfectamente conscientes de que este es el tipo de incidente que a menudo se ha acercado peligrosamente a desatar una guerra nuclear total. No hace falta ser defensor de las acciones agresivas y provocadoras de China en el mar de la China Meridional para darse cuenta de que dicho incidente no implicaba a un bombardero chino con capacidad para arrojar bombas nucleares en el Caribe, o frente a la costa de California, donde China no tiene intenciones de establecer un “lago chino”. Por suerte para el mundo.


Los líderes chinos entienden muy bien que las rutas comerciales marítimas de su país están rodeadas de potencias hostiles desde Japón hasta el estrecho de Malaca y más allá apoyadas por la abrumadora fuerza militar de EE. UU. Por consiguiente, China está iniciando una expansión hacia el oeste con importantes inversiones y maniobras cuidadosas orientadas hacia la integración. En parte, estos proyectos se hallan dentro del marco de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), de la que forman parte los estados de Asia Central y Rusia, y a la que pronto se unirán India y Pakistán con Irán como uno de los países observadores —un estatus que se le negó a Estados Unidos, al cual se le instó a cerrar todas las bases militares en la región. China está construyendo una versión modernizada de las antiguas rutas de la seda, con la intención no sólo de integrar la región bajo su influencia, sino también de alcanzar Europa y las regiones productoras de petróleo de Oriente Medio. Está invirtiendo enormes sumas en la creación de un sistema comercial y energético asiático integrado, con una extensa red de líneas de ferrocarril de alta velocidad y oleoductos.


Un elemento del programa es una autopista a través de algunas de las montañas más altas del mundo hasta el nuevo puerto de Gwadar en Pakistán, construido por China, que protegerá los cargamentos de petróleo de la potencial interferencia de EE. UU. El programa también puede estimular, y así lo esperan China y Pakistán, el desarrollo industrial en Pakistán, el cual los Estados Unidos no han acometido pese a la enorme ayuda militar, y también podría suponer un incentivo para que Pakistán tome medidas drásticas contra el terrorismo nacional, un grave problema para China en la provincia occidental de Xinjiang. Gwadar formará parte del “collar de perlas” de China, las bases que se están construyendo en el Océano Índico con fines comerciales, pero además para un potencial uso militar, con la expectativa de que China algún día sea capaz de proyectar su poder hasta el Golfo Pérsico por primera vez en la era moderna.


Todos estos movimientos permanecen inmunes al abrumador poder militar de  Washington, falto de aniquilación por una guerra nuclear, que también destruiría a los Estados Unidos.


En 2015, China también estableció el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés), siendo el mayor accionista. Cincuenta y seis naciones participaron en la inauguración que tuvo lugar en Pekín en junio, entre los que se encontraban aliados de los EE. UU. como Australia, Gran Bretaña y otros, que se incorporaron a él desafiando los deseos de Washington. Los Estados Unidos y Japón no estuvieron presentes. Algunos analistas creen que el nuevo banco podría llegar a ser un competidor para las instituciones de Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial), en las que los Estados Unidos tienen derecho a veto. Hay ciertas expectativas de que la OCS llegue a convertirse en un equivalente de la OTAN.


Los retos actuales: la Europa del Este

En cuanto a la segunda región, la Europa del Este, se está gestando una crisis en la frontera de la OTAN con Rusia. No es un asunto menor. En su esclarecedor y acertado estudio académico sobre la región, "Frontline Ukraine: Crisis in the Borderlands", Richard Sakwa escribe —algo muy plausible— que la “guerra entre Rusia y Georgia de agosto de 2008 en efecto fue la primera de las ‘guerras para frenar la expansión de la OTAN’; la crisis de Ucrania de 2014 es la segunda. No está claro si la humanidad sobreviviría a una tercera”.


Occidente ve la expansión de la OTAN como algo benigno. No es de sorprender que Rusia, junto con la mayoría del hemisferio sur, tenga una opinión diferente, al igual que algunas voces occidentales destacadas. George Kennan ya advirtió que la expansión de la OTAN es un “trágico error”, y se le unieron veteranos estadistas estadounidenses en una carta abierta a la Casa Blanca en la que lo describían como “un error político de proporciones históricas”.


La crisis actual tiene sus orígenes en 1991, con el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética. Había entonces dos visiones contrastadas de un nuevo sistema de seguridad y política económica en Eurasia. En palabras de Sakwa, una era la visión de una “‘Europa más amplia’ con la UE como centro, pero cada vez más cercana a la seguridad euroatlántica y la comunidad política; y por otro lado [estaba] la idea de una ‘Gran Europa’, una visión de una Europa continental, que abarca desde Lisboa a Vladivostok, que tiene múltiples centros, incluidas Bruselas, Moscú y Ankara, pero con el objetivo común de superar las divisiones que tradicionalmente han atormentado al continente”.La respuesta de occidente al hundimiento de Rusia fue triunfalista. Se celebró como un signo del “fin de la historia.”


El líder soviético Mikhail Gorbachov fue el mayor defensor de una Gran Europa, un concepto que también había tenido raíces europeas en el gaullismo y otras iniciativas. No obstante, cuando Rusia se derrumbó bajo las devastadoras reformas comerciales de la década de 1990, esta visión se desvaneció y solo se recobró cuando Rusia empezó a recuperarse y a buscar un lugar en el panorama mundial bajo el gobierno de Vladimir Putin, quien, junto con su compañero Dmitry Medvedev, en repetidas ocasiones ha “llamado a la unificación geopolítica de toda la ‘Gran Europa’ desde Lisboa a Vladivostok, para crear una auténtica ‘asociación estratégica’”.


Estas iniciativas fueron “recibidas con cortés desdén”, escribe Sakwa, se consideraron “poco más que una tapadera para establecer una ‘Gran Rusia’ de manera furtiva” y un esfuerzo por “abrir una brecha” entre Norteamérica y Europa Occidental. Estas inquietudes nos retrotraen al miedo que existía en los inicios de la Guerra Fría de que Europa pudiera convertirse en una “tercera fuerza” independiente tanto de las grandes superpotencias como de las pequeñas, y tendiera a estrechar lazos con las últimas (lo cual podemos ver en la Ostpolitik de Willy Brandt y otras iniciativas).


La respuesta de occidente al hundimiento de Rusia fue triunfalista. Se celebró como un signo del “fin de la historia”, la victoria final de la democracia capitalista occidental, casi como si se le estuviera ordenando a Rusia que volviera a su estatus anterior a la Primera Guerra Mundial como una colonia económica virtual de occidente. La expansión de la OTAN se inició de inmediato, violando las garantías verbales que se le habían dado a Gorbachov de que las fuerzas de la OTAN no se trasladarían ni “un centímetro hacia el este” después de que este accediera a que la Alemania unificada pudiera convertirse en miembro de la OTAN —una extraordinaria concesión desde una perspectiva histórica. Dicha conversación se ceñía a Alemania del Este. La posibilidad de que la OTAN pudiera extenderse más allá de Alemania no se comentó con Gorbachov, aunque se considerada en privado. 


Al poco tiempo, la OTAN empezó a avanzar hasta las fronteras de Rusia. La misión general de la OTAN modificó de forma oficial su cometido para proteger las  “infraestructuras vitales” del sistema de energía mundial, las vías marítimas y las conducciones, y se le otorgó una zona de operaciones de ámbito mundial. Además, bajo una revisión crucial de Occidente de la ahora ampliamente proclamada doctrina de “responsabilidad para proteger”, radicalmente diferente de la versión oficial de O.N.U., la OTAN ahora también puede servir como fuerza de intervención bajo las órdenes de EE. UU.


Especialmente preocupantes para Rusia son los planes de ampliar la OTAN hasta Ucrania. Estos planes se trazaron explícitamente en la cumbre de la OTAN que tuvo lugar en Bucarest en abril de 2008, cuando a Georgia y Ucrania se les prometió un eventual ingreso en la OTAN. La redacción no daba lugar a dudas: “la OTAN da la bienvenida a las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania y Georgia para ingresar en la OTAN. Hoy hemos acordado que estos países serán miembros de la OTAN”. Con la victoria en 2004, con la “Revolución Naranja”, de los candidatos pro-occidentales en Ucrania, el portavoz del Departamento de Estado Daniel Fried se desplazó rápidamente hasta allí y “subrayó el apoyo de EE. UU. a las aspiraciones de Ucrania respecto a la OTAN y euroatlánticas”, tal y como reveló un informe de WikiLeaks.


Las inquietudes de Rusia son fáciles de entender. John Mearsheimer, especialista en relaciones internacionales, las ha descrito en el principal periódico de EE. UU., Foreign Affairs. Escribe que “la raíz principal de la crisis actual [relativa a Ucrania] es la expansión de la OTAN y el compromiso de Washington de apartar a Ucrania de la órbita de Moscú e integrarla en occidente”, que Putin consideró como “una amenaza directa a los intereses fundamentales de Rusia”.


“¿Quién puede culparle?” pregunta Mearsheimer, señalando que “a Washington puede no gustarle la posición de Moscú, pero debería entender la lógica que hay detrás”. No debería entrañar ninguna dificultad. Después de todo, como todo el mundo sabe, “Estados Unidos definitivamente no tolera que las grandes potencias lejanas desplieguen su ejército en cualquier parte del hemisferio occidental, mucho menos en sus fronteras”.


No hace falta observar los movimientos y motivos de Putin con buenos ojos para entender la lógica detrás de ellos


De hecho, la postura de los EE. UU. es mucho más firme. De ningún modo tolera lo que oficialmente se denomina “el desafío triunfante” de la Doctrina Monroe de 1823, que declaró (pero que todavía no podría aplicar) el control del hemisferio por parte de EE. UU.. Y un país pequeño que lleva a cabo dicho desafío triunfante podrá ser objeto de “los terrores de la tierra” y un embargo aplastante —tal y como le ocurrió a Cuba. No es necesario preguntarnos cómo habría reaccionado Estados Unidos si los países de Latinoamérica se hubieran unido al Pacto de Varsovia, habiendo planes de que México y Canadá también se unieran. La mínima sospecha de que se daban los primeros pasos en esa dirección habría “concluido con unos perjuicios extremos”, por emplear la jerga de la CIA.


Como en el caso de China, no hace falta observar los movimientos y motivos de Putin con buenos ojos para entender la lógica detrás de ellos, ni para comprender la importancia de entender dicha lógica en vez de manifestar imprecaciones en su contra. Como en el caso de China, hay mucho en juego, llegando hasta —literalmente— cuestiones de supervivencia.


Los retos actuales: el mundo islámico

Centrémonos ahora en la tercera región de mayor preocupación, el (en gran parte) mundo islámico, también escenario de la Guerra Mundial contra el Terrorismo (GWOT, por sus siglas en inglés) que George W. Bush declaró en 2001 tras el ataque terrorista del 11 de septiembre. O más exactamente, re-declaró. La GWOT fue declarada por el gobierno de Reagan cuando asumió el cargo, con una enfebrecida retórica sobre una “plaga propagada por depravados enemigos de la civilización” (como dijo Reagan) y un “regreso a la barbarie en la época moderna” (en palabras de George Shultz, su secretario de estado). La GWOT original se ha eliminado silenciosamente de la historia. Rápidamente se convirtió en una guerra terrorista homicida y destructora que afligía a Centroamérica, Sudáfrica y Oriente Medio, con consecuencias espantosas para el presente, que incluso derivó en la condena a los Estados Unidos por parte de la Corte Internacional de Justicia (que Washington desestimó). En cualquier caso, no es la historia adecuada para la Historia, así que ha desaparecido.


El éxito de la versión Bush-Obama de la GWOT puede ser evaluada fácilmente en una observación directa. Cuando se declaró la guerra, los objetivos terroristas se restringieron a una pequeña parcela del Afganistán tribal. Estaban protegidos por afganos, que en su mayor parte les detestaban o despreciaban, bajo el código tribal de la hospitalidad —que desconcertó a los estadounidenses  cuando los campesinos pobres rechazaron “entregar a Osama bin Laden por la, para ellos, astronómica cantidad de 25 millones de dólares”.


Hay buenas razones para creer que una actuación policial bien orquestada, o incluso unas negociaciones diplomáticas serias con los talibanes, podrían haber puesto en manos estadounidenses a los sospechosos de los crímenes del 11 de septiembre para someterlos a juicio y sentenciarlos. Sin embargo, estas opciones no estaban sobre la mesa. En su lugar, la elección reflexiva fue la violencia a gran escala —no con el objetivo de derrocar a los talibanes (que vino después), sino para dejar claro el desprecio de los EE. UU. hacia las tentativas de ofrecimiento talibán de una posible extradición de Bin Laden. No sabemos hasta qué punto estos ofrecimientos eran serios, ya que la posibilidad de investigarlos nunca se contempló. O quizá Estados Unidos únicamente trataba “de intentar enseñar músculo, anotarse una victoria y asustar a todo el mundo. No les importa el sufrimiento de los afganos o el número de personas que perderemos”.


Tal era la opinión del muy respetado líder anti-talibán Abdul Haq, uno de los muchos opositores que condenó la campaña de bombardeos que los estadounidenses lanzaron en octubre de 2001 como “un gran revés” para sus esfuerzos por derrocar a los talibanes desde dentro, un objetivo que creían a su alcance. Su opinión está confirmada por Richard A. Clarke, que era presidente de Grupo de Seguridad contra el Terrorismo en la Casa Blanca bajo el gobierno del presidente George W. Bush cuando se hicieron los planes para atacar Afganistán. Tal y como Clarke describe la reunión, cuando fueron informados de que el ataque violaría las leyes internacionales, “el presidente gritó en la angosta sala de reuniones: ‘No me importa lo que digan las leyes internacionales, vamos a patearles el trasero'”. El ataque también encontró la absoluta oposición de las organizaciones humanitarias más importantes que trabajaban en Afganistán, que advirtieron de que millones de personas estaban a punto de morir de hambre y que las consecuencias podían ser horrendas.


Las consecuencias para un Afganistán pobre años después deberían ser revisadas


El siguiente objetivo del mazo era Iraq. La invasión de EE. UU.- Reino Unido, absolutamente sin pretexto verosímil, es el mayor crimen del siglo XXI. La invasión provocó la muerte de cientos de miles de personas en un país donde la sociedad civil ya había sido aplastada por las sanciones estadounidenses y británicas que fueron consideradas “genocidas” por los dos distinguidos diplomáticos internacionales encargados de administrarlas, y que dimitieron en protesta por este motivo. La invasión también generó millones de refugiados, en gran parte destruyó el país e instigó un conflicto sectario que ahora está desgarrando Iraq y toda la región. Es un dato asombroso de nuestra cultura moral e intelectual que en medios ilustrados y círculos informados se pueda llamar, suavemente, “la liberación de Iraq”.


Sondeos del Pentágono y el Ministerio británico de Defensa descubrieron que solo un 3% de los iraquíes consideraba legítima la función protectora de EE. UU. en su vecindario, menos del 1% creía que las fuerzas de “coalición” (EE. UU.-Reino Unido) eran buenas para su seguridad, el 80% se oponía a la presencia de las fuerzas de coalición en el país, y una mayoría apoyaba los ataques sobre las tropas de coalición. Afganistán ha sido destruida más allá de toda posibilidad de encuestas fiables, pero hay indicadores de que algo similar puede estar ocurriendo allí. Particularmente en Iraq, Estados Unidos sufrió una derrota aplastante, abandonó sus objetivos de guerra oficiales y dejó el país bajo la influencia del único vencedor, Irán.


El mazo también se empleó en otros lugares, particularmente en Libia, donde las tres potencias imperiales tradicionales (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) obtuvieron la resolución 1973 del Consejo de Seguridad y la incumplieron al instante, convirtiéndose en las fuerzas aéreas de los rebeldes. El efecto fue un debilitamiento de la posibilidad de una solución negociada y pacífica; el incremento drástico de las víctimas (por al menos un factor de 10, según el científico político Alan Kuperman); dejar Libia en ruinas en manos de las milicias en guerra; y, más recientemente, proporcionar al Estado Islámico una base que puede emplear para extender el terror más allá. Las propuestas diplomáticas bastante razonables de la Unión Africana, aceptadas en principio por Muamar el Gadafi de Libia, fueron ignoradas por el triunvirato imperial, como analiza el especialista en África Alex de Waal. Un enorme flujo de armas y yihadistas ha extendido el terror y la violencia desde el África Occidental (ahora el campeón de asesinatos terroristas) hasta el Levante, al tiempo que el ataque de la OTAN también enviaba una oleada de refugiados de África a Europa.


Un triunfo más de la “intervención humanitaria” y, tal y como revelan las largas y a menudo terribles crónicas, no demasiado inusual, volviendo a sus modernos orígenes de hace cuatro siglos.


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 https://www.bloghemia.com/2020/10/quien-domina-el-mundo-por-noam-chomsky.html?m=1

Traducción:  Paloma Farré.

Este ensayo es un adelanto del nuevo libro de Noam Chomsky, Who Rules the World? (Metropolitan Books, the American Empire Project, 2016). Ediciones B publicará la obra en español el 1 de octubre, bajo el título ¿Quién domina el mundo? La versión original fue publicada en Tomdispatch.com.  


martes, 6 de octubre de 2020

Creer o no creer

RICHARD DAWKINS NOS OFRECE UNA INTERESANTE GUÍA PARA SABER EN QUÉ PUNTO DEL ESPECTRO FERVOROSO NOS ENCONTRAMOS, QUÉ TAN ATEO O QUÉ TAN CREYENTE ES CADA CUAL



Richard Dawkins es uno de los escritores científicos contemporáneos más conocidos, un polemista consumado que con base en los descubrimientos más recientes (en genética, en biología evolutiva y en algunas otras disciplinas) ha dedicado parte de su trabajo a refutar ideas que, en su perspectiva, están ancladas en suposiciones y creencias que al final se descubren erróneamente heredadas.

Incursionando en el asunto de la fe, sin duda uno de los más interesantes para casi cualquier investigador, Dawkins escribió un libro de título The God Delusion, El espejismo de Dios, en el cual examina la religión desde una óptica científica, enumerando todos los elementos que a su juicio prueban fehacientemente que Dios no existe y que la creencia organizada y colectiva en esta entidad podría equipararse a un delirio, además de mostrar los pros y los contras de ser creyente o ser ateo.

En dicho libro Dawkins elabora una práctica guía para identificar en qué lugar del espectro confesional se encuentra uno mismo. 7 puntos de un arco que va de un extremo a otro de la creencia fervorosa: en un lado Dios y en el otro su ausencia:

1. Teísta convencido: No cuestiono la existencia de Dios: SÉ que existe.

2. Teísta de facto: No puedo saberlo con certeza, pero creo firmemente en Dios y vivo mi vida suponiendo que Él está ahí.

3. Teísta débil: No estoy muy seguro, pero estoy inclinado a creer en Dios.

4. Agnóstico puro: La existencia o la inexistencia de Dios son exactamente igual de probables.

5. Ateísta débil: No sé si Dios exista, pero me inclino a ser escéptico.

6. Ateísta de facto: No lo puedo saber con certeza, pero creo que Dios es muy improbable y vivo mi vida suponiendo que Él no está ahí.

7. Ateísta convencido: Estoy cien por ciento seguro de que Dios no existe.

Un ejercicio interesante de mapeo espiritual y mental sobre la que durante mucho tiempo ha sido una de las preocupaciones fundamentales del género humano. 


Fuente:

Deutsche Welle

Marx y sus herederos

 

domingo, 4 de octubre de 2020

sábado, 3 de octubre de 2020

Jorge Alvarez

 Miyamoto Musashi, el guerrero invencible que ganó más de 60 duelos

Portada de la novela Musashi, de Eiji Yoshikawa/Imagen: Wikimedia Commons


Diego García de Paredes, Tlahuicole, Alonso de Contreras, Juan de Dios Aldana, Galvarino… Todos estos nombres tienen una cosa en común: identificar a grandes guerreros de la Edad Moderna. Se podrían añadir más, por supuesto, y uno de los que no deberían faltar es Miyamoto Musashi, uno de los samuráis más famosos de la historia, que alcanzó celebridad no sólo por su habilidad en la lucha sino también como filósofo y que vivió en la misma época que los anteriores.


De Musashi, al que también se conoce por otros nombres como Shinmen Takezō, Miyamoto Bennosuke o el budista Niten Dōraku, sabemos pocos datos de juventud porque era huérfano. Se supone que nació en torno al año 1584 en la localidad de Miyamoto, provincia de Mimasaka, aunque quizá ahí sólo se crió porque se han propuesto otros sitios y él mismo habla de la provincia de Harima en su obra El libro de los cinco anillos. Era hijo de Shinmen Munisai, consumado maestro esgrimista, y nieto de Hirada Shokan, vasallo del señor feudal Shimmen Iga No Kami Sudeshige.


Miyamoto Musashi esgrimiendo sus característicos bokken (sables de madera)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


No está claro si el padre falleció al poco de nacer Musashi o antes o más tarde porque las fuentes son contradictorias hasta el punto de que hay dudas incluso sobre la paternidad de Minisai, como tampoco hay apenas datos de la madre, Omasa. La biografía temprana del personaje se vuelve confusa y apunta a que quizá era vástago de Yoshiko, la primera esposa de Munisai, de la que éste se divorció, siendo Omasa sólo su madrastra. Ésta, por cierto, era hija del señor feudal. En suma, la vida de Musashi únicamente empieza a clarificarse a partir de su séptimo cumpleaños.

A esa edad murió Omasa y el niño tuvo que ser acogido por su tío materno Doribo, un sacerdote del templo de Shoreian, que le enseñó a leer y escribir además de iniciarlo en el budismo. Su padre también le habría educado en artes marciales pero por poco tiempo, ya que en 1592 también falleció o, al menos, no se vuelve a saber de él. Las leyendas que circularían sobre Musashi aluden incluso a esa etapa infantil, contando que nunca se bañaba para evitar ser sorprendido indefenso; en realidad, probablemente sea una forma de explicar una afección dermatológica que afeaba su aspecto.


Una pintura del artista Utagawa Kuniyoshi que refleja el carácter mítico que adquirió Musashi, mostrándole sobre el lomo de una ballena/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


Japón estaba sumido entonces en un estado de guerra civil por el intento unificador del país del daimyō Toyotomi Hideyoshi, de manera que Musashi no pudo sustraerse a ese contexto, máxime siendo hijo de un samurái. Además, parece ser que tenía una fuerte constitución física y un carácter vehemente; de hecho, se dice que tomó su nombre de un célebre monje guerrero llamado Musashibō Benkei, ya que en la niñez todavía era conocido como Bennosuke. Tan precoz fue en las artes guerreras que no tardó en disputar su primer duelo.

Fue a la edad de trece años, estando aún en el templo con su tío, y el adversario, Arima Kihei, seguidor de la escuela de esgrima Shinto Ryu, tiene el triste honor de haber sido el primer hombre que murió a sus manos. Le siguieron otros muchos. A los dieciséis años derrotó a otro guerrero llamado Akiyama y a los veintiuno era un duelista habitual que nunca perdía un combate. Cabe aclarar que estos combates no tenían por qué ser a muerte necesariamente ni tenían que deberse a razones personales; Kihei, por ejemplo, como si de un deporte se tratase, viajaba de un sitio a otro desafiando con petulancia a quien se atreviera a oponérsele (y eso le costó la vida).



Otra pintura legendaria: Musashi matando a un nue (ser del folklore japonés portador de mala suerte y enfermedades)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, Musashi dejó la tutela de su tío hacia 1599 para nomadear haciendo lo mismo, adquiriendo así una experiencia que enriqueció aún más su talento natural. Algunos apuntan a que, aparte de lo impartido por su padre, estudió lucha en la escuela Yoshioka-ryū; como siempre, resulta incierto. El caso es que en 1600 empezó una guerra entre los clanes Toyotomi y Tokugawa, en la que él participó en el bando del primero porque el clan Shinmen, con el que su familia tenía una relación de vasallaje, se había aliado con él.

Así, Musashi tomó parte en el asalto al castillo de Fushimi, en la defensa del de Gifu y en la Batalla de Sekigahara. Pero la suerte le fue esquiva a los Toyotomi, que perdieron la guerra y él tuvo que ocultarse en el monte Hiko por un tiempo. Reapareció con veintiún años y, como decíamos antes, dedicado a los duelos. Sobre todo se fajó contra miembros de la escuela Yoshioka, la más importante y prestigiosa de las ocho clásicas que había en Kioto. En 1604, Musashi derrotó a sus campeones e incluso al maestro Yoshioka Seijūrō y a continuación hizo otro tanto con su hermano, Yoshioka Denshichirō, que reclamaba venganza.


Miyamoto Musashi en combate/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


Eso le enfrentó a una banda formada por decenas de otros familiares y amigos de los Yoshioka, que le retaron en las afueras con armas diversas, incluyendo flechas y mosquetes. Musashi llegó con antelación y se escondió, matando por sorpresa a un tercer hermano (que era menor de edad) y defendiéndose de los demás con una espada en cada mano, una larga (katana) y otra corta (wakizashi), originando de esa forma el estilo denominado Niten Ichi Ryu que, según se cuenta, adoptó tras presenciar un duelo a la europea (con ropera y daga). El pertinaz duelista dejó Kioto en busca de aires más tranquilos y, según algunas fuentes, se dirigió a Nara para aprender la técnica de la lanza que practicaban los monjes locales, eligiendo el Templo Enkoji para ello.

Pasó los siete años siguientes haciendo el llamado musha shugyō, una especie de peregrinación para guerreros, mientras perfeccionaba sus habilidades. Para entonces era capaz de enfrentarse ya a cualquier adversario, tuviera éste el arma que tuviera. Y es que siguieron los duelos; más de sesenta disputó y siempre victoriosamente aún cuando muchos de ellos fueron ante maestros. En 1607 venció a Musō Gonnosuke, creador de la escuela Shintō Musō, quien decidido a tomarse la revancha desarrolló un nuevo estilo de lucha con palo; no se sabe si llegaron a combatir por segunda vez.


Una demostración de Niten Ichi Ryu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


En 1612 fue el turno de Sasaki Kojirō, apodado el Demonio de las Provincias Occidentales, cuya nodachi (una espada larga) resultó inútil ante el bokken (sable de madera) que improvisó Musashi tallando un remo. La lucha se había llevado a cabo en una isla y Musashi tuvo que huir en barca porque los seguidores de Sasaki Kojirō, indignados por su táctica habitual de llegar tarde para poner nervioso al contrario, que consideraban deshonrosa, trataron de matarlo.

Entonces se reactivaron los rescoldos de la guerra civil entre los Toyotomi y los Tokugawa. Musashi volvió a alinearse con los primeros, combatiendo en la denominada Batalla de Invierno de Osaka primero, que acabó en tablas, y en la de Verano, después, que supuso la debacle definitiva de los Toyotomi en 1615. Una leyenda -otra- dice que Musashi mantuvo un duelo singular con Tokugawa Ieyasu, el patriarca de los vencedores, pero es más que improbable porque éste era ya septuagenario.


Retrato de Tokugawa Ieyasu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


De todas formas, Musashi tenía amigos en el otro bando y por eso al acabar la contienda no fue represaliado. Al contrario, se significó bastante entrando al servicio del señor Ogasawara Tadanao, a quien asesoró en temas poliorcéticos en la construcción de su castillo y a cuyo hijo enseñó artes marciales (especialmente el shuriken, lanzamiento de estrellas ninja). Hablando de hijos, parece ser que también fue en esa época cuando él mismo adoptó uno, Miyamoto Mikinosuke, que en 1626 se haría el seppuku al morir el señor al que había jurado vasallaje.

En eso se diferenciaba de su padre adoptivo, que pese a servir a varios no duraba con ninguno. En cambio sí había reunido un grupo de discípulos en su escuela Enmei-ryū, fundada a partir de un libro que publicó cuando sólo tenía veintidós años, Enmei-ryū kenpō sho, en el que describía la técnica de lucha con dos espadas (katana para atacar y jutte para defenderse). Entre 1623 y 1627 siguió viajando y en Edo entabló amistad con un consejero del shogun, ofreciendo sus servicios como maestro de armas pero no fue aceptado, así que reanudó sus andanzas y en Yamagata adoptó a un segundo hijo, Miyamoto Iori, que le acompañó en lo sucesivo.

                                                     

Una pareja de jutte del Período Edo/Imagen: Samuraiantiqueworld en Wikimedia Commons


Y así, ambos recorrieron los caminos de Japón hasta que en 1634 entraron al servicio del daimyō Ogasawara Tadazane para reprimir la Rebelión de Shimabara, un levantamiento de campesinos japoneses católicos causado por una hambruna y el exceso de impuestos en combinación con la persecución anticristiana a que los sometía el señor local, Matsukura Shigemasa, deseoso de hacer méritos para aspirar al shogunato. Como a los insurrectos se habían unido muchos ronin (samuráis sin señor), los servicios de Musashi y su hijo fueron muy bien recibidos.

De hecho, Iori se distinguió en los combates y recibió un cargo público como recompensa. Su padre, en cambio, resultó herido de una pedrada y estuvo convaleciente casi todo el conflicto. Era todo un síntoma de que su hora empezaba a declinar. Dejó de viajar y se estableció en el castillo de Kumamoto con el daimyō Hosokawa Tadatoshi, dedicándose a practicar la lucha… y la pintura. Seguía aceptando duelos pero esporádicamente porque el físico le pasaba factura y se tuvo que centrar en la escritura de tratados.

Una visión artística de la Rebelión de Shimabara (Takato Yamamoto)/Imagen: Pinterest


De ellos, el más importante fue Go Rin No Sho (El libro de los cinco anillos), un tratado sobre el arte de la guerra en el que define al guerrero como una combinación de luchador, estratega, artista, artesano, escritor y filósofo con el budismo de telón de fondo, a pesar de que consideraba necesario desvincular la religión del arte militar; «Respeta a Buda y a los dioses sin contar con su ayuda» era una de sus máximas.

Terminó de escribirlo, junto con otro texto titulado Dokkōdō (El sendero de la soledad), en 1645, dos años después de dejar la cómoda vida que le dispensaba el daimyō para retirarse como ermitaño a una cueva del Monte Kimpu. Justo a tiempo porque sintiendo que su tiempo se acababa dejó los manuscritos a su discípulo aventajado y ese mismo año falleció, según algunos expertos de un cáncer. Lo enterraron con su armadura cerca de otro monte, el Iwato.


https://www.labrujulaverde.com/2018/10/miyamoto-musashi-el-guerrero-invencible-que-gano-mas-de-60-duelos

Fuentes: Myamoto Musashi. Maestro de sable japonés del siglo XVII. El hombre y la obra, mito y realidad (Kenji Tokitsu)/El Libro de los Cinco Anillos (Miyamoto Musashi)/The Lone Samurai: The Life of Miyamoto Musashi (William Scott Wilson)/A Japanese Mirror: Heroes and Villains of Japanese Culture (Ian Buruma)/Wikipedia